
"Un caso insólito en
la historia de las relaciones entre el Islam y el Cristianismo: un
Amir-al-muminin que tuvo relaciones afectuosas con un obispo católico."
por Muhammad Ibn Azzu Hakim.
Historiador. Presidente de la Fundación Abdelhalak Torres (Tetuán)
Esta conferencia fue impartida en el Ciclo de Formación sobre Civilización
Islámica organizado por la Asociación "Addawa al Islamiyya" de Xawen, en
colaboración con el Consejo de Ulemas de la Provincia de Tetuán, en Chefchaouen,
el 17 de agosto de 2003.
Bismi al-lahi al-rahmani al-rahim
Señoras y señores,
Como lo indica el título de esta modesta charla, el caso que trata es
indudablemente insólito en la historia de las relaciones entre el Islam y el
Cristianismo.
En
efecto, no se tienen referencias de que un Amir al Muminin, en este caso el
sultán de Marruecos Moulay Hassan I, haya tenido relaciones afectuosas con un
obspo católico, que era el Padre Fr. José Lerchundi, con quien el monarca
marroquí discutía cuestiones relacionadas con las reformas que el sultán tenía
el propósito de introducir en el país a mediados del siglo XIX.
El
Padre Lerchundi había llegado a Marruecos en enero de 1862 y el Sultán Moulay
Hassan accedió al trono el año 1873.
Lo
primero que hizo el Padre franciscano fue aprender el idioma árabe, a fin de
poder comunicarse directamente con los marroquíes y conocer su cultura, su
civilización, sus costumbres y tradiciones, y su manera de ser y pensar.
Para ello escogió la ciudad de Tetuán, que era el centro cultural más importante
del norte marroquí. El 25 de agosto de 1886 creaba en Tetuán una escuela de
estudios árabes, que fue la primera de su clase, ya que las escuelas de estudios
árabes de Madrid y Granada no fueron creadas hasta el año 1932.
El
sultán conoció al insigne franciscano cuando éste formó parte de la embajada de
José Diosdado y Castillo, que llegó a Marraquex en mayo de 1882 y en la que el
Padre Lerchundi actuó de intérprete, llamando la atención del sultán su perfecto
dominio del idioma árabe, razón por la cual el monarca quiso que el padre
franciscano acompañara a todas las embajadas enviadas a España en años
sucesivos.
En
agosto de 1887 el Padre Lerchundi acompañó al embajador Diosdado en su segunda
embajada, que fue recibida por el sultán en Rabat. Un fuerte catarro impidió que
el franciscano asistiera a la recepción de la embajada, y Mulay Hassan, al notar
su ausencia, preguntó por él, y se le dijo que estaba indispuesto; entonces rogó
al embajador que permaneciera en Rabat hasta el restablecimiento del Padre,
porque deseaba hablar con él privadamente.
Como se trataba de un resfriado, al día siguiente acudió Lerchundi al palacio,
donde fue recibido en audiencia privada por el sultán, durante más de una hora.
Dos
días después tuvo lugar una segunda audiencia que duró más de dos horas y media,
y a la que sucedieron otras dos audiencias de más de una hora de duración cada
una.
El
sultán estaba al corriente de la acción reformista emprendida por el padre
Lerchundi en Tánger, en los campos social, docente, sanitario y benéfico, siendo
una de sus realizaciones más importantes la fundación de una escuela de
medicina, a cargo del doctor Ovilo, destinada a la formación de practicantes,
sanitarios y enfermeros marroquíes.
De
la correspondencia personal del padre Lerchundi con el ministro de estado
español, señor Moret, se desprende que las conversaciones privadas que tuvo con
el sultán Moulay Hassan trataban de los proyectos de reforma que el monarca
quería introducir en Marruecos. De ese proyecto sólo tenemos referencias de las
misiones estudiantiles enviadas por el sultán a varios países europeos.
Ahora bien, lo que está probado documentalmente es que en esas conversaciones de
Rabat de 1887 se trató de la embajada que el sultán había que enviar al Vaticano
seis meses después, a fin de representar al monarca en el jubileo sacerdotal de
S.S: el Papa León XIII.
Indudablemente la idea del envío de la citada embajada fue del padre Lerchundi,
el cual se encargó de su preparación, su conducción a Roma y su representación
en el Vaticano, ya que el sultán quiso que el franciscano acompañara al
embajador.
Esto se desprende de la correspondencia diplomática marroquí: el 4 de Rabia I de
1305 h., correspondiente al 20 de diciembre de 1887, decía el sultán a su
Delegado para los asuntos exteriores en Tánger lo siguiente:
"Hemos decidido que el embajador vaya acompañado del Padré José, superior de los
frailes españoles".
El
12 del mismo mes (28 de diciembre) decía el Delegado del sultán el ministro
residente en Tánger, señor Diosdado, lo siguiente:
"S.M. el sultán ha dispuesto que con el embajador vaya el caballero Padre José,
por gozar de la estima y consideración de S.M. y por haber acompañado, más de
una vez, a las embajadas marroquíes enviadas por S.M. cerca de vuestra nación
excelsa".
En
las cartas credenciales del embajador, el Hach Muhammad ben Larbi Torres, decía
el sultán a S.S. el Papa:
"Hemos designado para que acompañe al embajador, el caballero Padre José
Lerchundi, superior de los frailes españoles, a quien estimamos por haber
acompañado varias veces a nuestros embajadores cerca de la nación española".
Seguramente se preguntan ustedes: ¿Cómo es posible que el destino haya unido, en
su amistad poco común, a dos representantes del Islam y del Catolicismo?.
Efectivamente, el hecho es inconcebible para quienes no saben que raro es el
país musulmán o cristiano que, a través de los siglos, haya sido tan tolerante y
transigente con las minorías cristianas o judías como lo fue y es Marruecos,
donde convivieron y conviven, pacífica y sosegadamente, los adeptos de las tres
religiones reveladas.
La
historia de Marruecos no registra ninguna de esas grandes persecuciones que
sufrieron minorías étnicas y religiosas en otros países del mundo.
Y
es porque el marroquí no es ni fanático ni intolerante, ni racista ni xenófobo.
En
mi archivo conservo muchísimos informes reservados enviados por los padres
franciscanos de los conventos de Mequinez, Salé y Tetuán a sus superiores en
España, en los que atestiguan que el pueblo marroquí y sus autoridades los
respetan y tratan con suma consideración.
Prueba de la veracidad de tales informes es el testimonio del que fuera obispo
en Tánger, monseñor Aldegunde, quien, en el prólogo a un libro sobre la historia
de la misión franciscana en Marruecos, publicado el año 1968, dice:
"El
pueblo marroquí sitúa por encima de todos los valores el factor religioso, y
ello dentro de unas características que le son del todo propias: reconocer a las
comunidades no musulmanas la facultad de atenerse respecto a la vida religiosa,
a sus propios estatutos: y es porque el marroquí quiere y trata de respetar la
conciencia de todos aquellos que no profesan su propio credo".

El historiador Ibn Azzuz (izda),
presidente de la Fundación Abdelhalak Torres (Tetuán)
y Sidi Ali Raisuni, presidente de la asociación Dawwa Al Islamiyya (Xawen)
Existen muchos ejemplos que corroboran el testimonio de monseñor Aldegunde, pero
yo sólo citaré tres de esos ejemplos:
El
primero es que, en Marruecos, hubo en las épocas de las dinastías almorávide,
almohade y meriní, milicias cristianas al servicio de los sultanes; practicaban
libremente su religión e incluso tuvieron sus propias iglesias, donde se tocaban
las campanas.
El
segundo ejemplo es el de los judíos quienes, al ser desterrados de España y de
Portugal, a finales del siglo XV, se establecieron en este país, donde gozaron
siempre no sólo del estatuto de tributarios, sino que se les concedió la
nacionalidad marroquí y se les reconoció el derecho a regirse por su propia ley
mosaica en todo lo relativo a su estatuto personal; es más, se les permitió que
tuvieran sus concejos comunales, donde los rabinos aplicaban la ley mosaica.
El
tercer ejemplo se refiere a los cautivos cristianos, a los que se permitía
practicar libremente su religión, dentro de los recintos señalados por las
autoridades marroquíes.
Precisamente a esa tolerancia de los marroquíes hacia los cautivos cristianos,
es la que atrajo a Marruecos a los primeros misioneros franciscanos españoles,
que venían con la misión de asistir espiritualmente a esos cautivos y a
confortarlos moral y materialmente.
El
primer obispo de Marruecos fue un franciscano, el Reverendo Fray Agnello,
nombrado por el Papa Honorio III el año 1226.
Para entrar en Marruecos y establecerse en el país los franciscanos sólo
necesitaban obtener el correspondiente "dahir" expedido por el sultán reinante.
Para la obtención del citado "dahir" se exigían cinco condiciones: ser de la
orden franciscana española, que su presencia en Marruecos esté autorizada por
los reyes de España, que no practiquen el proselitismo, que se dediquen a la
asistencia de los cautivos cristianos, que su actividad religiosa se limite al
recinto señalado para ello por la autoridad marroquí.
Yo
poseo una colección de fotocopias de dichos "dahires" compuesta por 112
especimenes, de los que la mayoría de sus originales obran en el archivo de la
Misión Franciscana de Tánger, y el resto en varios archivos españoles.
De
un somero análisis de esos "dahires"resalta lo siguiente:
-
Los
franciscanos gozaron de la "inmunidad diplomática" dentro de Marruecos e
incluso al encontrarse en el mar con los buques corsarios marroquíes. La
obtención de esta inmunidad por los franciscanos tuvo lugar 137 años antes de
que la obtuvieran los diplomáticos extranjeros.
-
Gozaron del
respeto y la consideración de los sultanes, de las autoridades marroquíes y
del pueblo, por estar bajo la protección personal de los sultanes. Este tipo
de "dahires" sólo se expedían a favor de los marroquíes de origen charifí, por
ser descendientes de nuestro santo Profeta.
-
Se les
aseguraba su vida, ya que algunos "dahires" dicen que quien atente contra su
persona, "tema por su cabeza".
-
Se les
permitía llevar el hábito franciscano.
-
Podían
ejercer libremente su ministerio, dentro de los recintos de su residencia y
cerca de los cautivos.
-
Se les
permitía entrar y salir de Marruecos a su antojo.
-
Podían
desplazarse dentro del territorio marroquí y residir en la ciudad elegida por
ellos mismos.
-
Su
correspondencia no estaba sujeta a ninguna clase de trabas o censura; incluso
hubo algunos frailes que utilizaban palomas mensajeras.
" Podían tener enfermerías, boticas y escuelas privadas para la enseñanza del
español, incluso a niños marroquíes.
-
Gozaban de
franquicia aduanera, a la entrada y salida de Marruecos.
-
Sus baúles no
podían ser abiertos en las aduanas, a la entrada y a la salida del país.
Algunos "dahires" estipulan que quien se atreva a abrirlos "tema por su
cabeza".
-
Estaban
exentos del pago de toda clase de impuestos y contribuciones. Los diplomáticos
extranjeros no obtuvieron esta ventaja hasta 70 años después.
-
Gozaban de la
inviolabilidad de sus moradas, hospicios, conventos, iglesias, mazmorras y
cementerios propios. Los diplomáticos extranjeros tardaron en obtener este
derecho 137 años.
-
Los
franciscanos estaban autorizados a poseer bienes inmuebles en Marruecos, cosa
que los diplomáticos extranjeros no obtuvieron hasta pasados 230 años.
-
Gracias a los
franciscanos, el sultán Muhammad Chaij, de la dinastía Said, expidió por
primera vez un dahir, con fecha 1 de Rayab de 1056 (13 de agosto de 1646) por
el que autorizaba a los mercaderes cristianos a comerciar con Marruecos.
-
Los padres
franciscanos obtuvieron el llamado "régimen capitular" para los cristianos
residentes en Marruecos, 63 años antes de que lo consiguieran las potencias
europeas mediante tratados. Fue mediante dahir expedido por el sultán Mulay
Ismael el 8 de Rabia II de 116, correspondiente al 10 de agosto de 1704, por
el que el padre guardián del hospicio de Mequinez fue autorizado para
administrar justicia a los cristianos, libres o cautivos, residentes en el
país, conforme a las leyes españolas.
-
Obtuvieron de
los sultanes la donación de terrenos propiedad del estado, para la
construcción de conventos, casas-misión e iglesias, en todas las ciudades
costeras marroquíes.
Por
otra parte es de señalar que los frailes franciscanos intervinieron en las
operaciones de redención de miles de cautivos cristianos.
Es
más, ejercieron una actividad que nada tenía que ver con su ministerio, y es que
fueron utilizados como intermediarios entre los sultanes marroquíes y los reyes
de España en muchas ocasiones.
Y
pongo punto final a esta charla con una pregunta diciendo, ¿hubo acaso algún
otro estado cuyos reyes y sus pueblos trataron a los cristianos y a los judíos
residentes en su territorio, como los ha tratado este estado marroquí, musulmán
y árabe, del que nos sentimos orgullosos por la tolerancia y la convivencia de
sus sultanes y su pueblo con los adeptos de las otras religiones reveladas,
conforme a los preceptos islámicos?